Par-anormal.

Déjame contarte que todo lo que te han dicho que no existe, lo que te causó insomnio, sudor frío y algunas horas de terapia, existe. Ya puedes ir sacando la cuenta de todo lo gastado entre tiempo y dinero que tiraste a la basura y que, para colmo, bastará un artículo para venir a decirte que ahí está.

No pretendo espantarte, sólo busco advertirte de la existencia de algunos seres, que, aunque la ciencia insista en que no lo hacen, existen. En serio, son reales y tarde o temprano podrás ver uno, sentirlo e incluso darle asilo. Habrá uno que otro, que cuando no esté, lo eches de menos.

Esto va más allá de las creencias religiosas que tengas o de lo escéptico que puedas ser. Yo presumía de lo segundo y terminé por darme cuenta de la existencia de los fantasmas. De los de verdad.

No me refiero a los que salen a media noche del clóset, debajo de la cama, tiran canicas o se aparecen con todo y tráiler incluido y luego duran 120 minutos. Esos que jurabas ver cuando eras pequeño mientras te protegías con cobijas blindadas. Cuando todo era más fácil de solucionar y con un grito estabas en brazos de tu madre, ese escudo protector de todo, donde no podía pasarte absolutamente nada.

Pero creciste y los fantasmas también. Los de verdad. Los que, aunque no veas, los sientes. Algunos tienen la virtud de quitarte el sueño, otros de causarte ansiedad y otros más son capaces de llevarte hasta las lágrimas. Sobre todo los que están frescos. Los recientes.

Me refiero a esos que aparecen cuando te acuestas para intentar conciliar el sueño. Los que no te dejan dormir en paz. Los que aparecen con el silencio.

Hay fantasmas que dan miedo, porque no son capaces de irse del todo y regresan cuando menos te los esperas y sobre todo, cuando menos lo deseas. Llegan sin avisar, ni si quiera los puedes ver acercarse. Llegan de golpe, en el momento menos oportuno. Y espantan de verdad, porque creías que ya no estaban ahí. Algunos te pueden llegar a paralizar. Hay quienes les llaman traumas.

Luego hay fantasmas que son útiles, que de una manera u otra, eres tú el que los buscó, les dio posada y los terminó adoptando. Y para qué sirven, te preguntarás, pues para no repetir. Ese ya lo tengo. Son esos fantasmas que te ayudan a entrar a otra casa embrujada y salir intacto porque ya conocías sus trucos. O te ayudan a no entrar y evitar pasar por la misma experiencia de nuevo, como si no tuvieras suficiente con el que vienes cargando.

Hay fantasmas que llegan en forma de fotografía, de recuerdo amañado, de, y tú creías que ya me habías superado. Llegan nada más para recordarte ese vacío que se siente cuando se vuelven a ir. Vienen para recordarte que ahí, tienes espacio.

Fantasmas que te quitan el sueño, que te hacen preguntarte por qué dijiste lo que dijiste o por qué dejaste de decirlo. Por qué no hiciste lo que pensaste. Por qué no te aventaste, si lo de menos era el riesgo. Fantasmas con forma de arrepentimiento, fantasmas que arrastran cadenas de posibilidad.

Y luego existen los que llegan y sin decir adiós, se van. Tan intermitentes como la luz de tu celular cuando te llega un mensaje. Duran lo suficiente para que los notes. Fantasmas cobardes que no son capaces de anunciar que se van. Seres que sufren del llamado miembro fantasma, porque les falta un par. Lo que algunos llaman ghosting. Esos que tienen una forma de sentir paranormal.

No hay limpia, conjuro o solución para deshacerse de ellos, como mucho será una palabra. Pero hay que decirla con consciencia, un par de huevos y eso sí, desde el fondo del sentimiento más puro y sentido, adiós.

Aquí, ya no tienes lugar.

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