Te regalo un adjetivo.

Amargado. Disparas a quemarropa con ocho letras que pretenden formar un estereotipo, porque señalar o juzgar a los demás sólo está bien cuando lo haces tú, si lo hace alguien más, entonces está peor que mal. Eres una ficha más de este tablero en el que sólo juegan los que tienen en la bolsa de la camisa esa doble moral que sacan cuando más les conviene, que normalmente es cuando la necesitan. Amargado, insistes en colgarme esa etiqueta del cuello como pretendiendo que el peso de la misma me haga bajar la cabeza. Suerte para la próxima, sigue participando. Que para bajar la cabeza hace falta humildad.

Si me conocieras, sabrías que ese adjetivo está lejos de calificarme, pero sobre todo que me importa poco que pienses eso o cualquier otra cosa de mí.

No aguantas nada. Lo dices con lágrimas en los ojos y la voz entre cortada, mientras sigue abriendo la herida las palabras que acabo de decir. Y puede que esta vez, tengas algo de razón, sólo que exageras con una palabra tan absoluta como, nada. 

Qué genio. Qué halago. Ya, ya sé que lo dices de forma despectiva, pero es que me suena tan bien, que prefiero agradecértelo. Y es que siempre he creído que el mal humor, como tú pretendes llamarlo, es útil. Para algo está ahí. Y que, ya que todos lo tenemos, hay que dejarlo ser, usarlo de vez en cuando, porque eso sí, el secreto siempre está en el nombre que le pongas a las cosas. Tú lo llamas mal humor, otros, lo llaman carácter. Por cierto, muy recomendable. Este suele ser el trampolín para entrar con un clavado de diez, en la piscina de la indignación. Tan necesaria hoy en día. Tan confundida que la tenemos también.

Y hasta ahí le paramos con tus adjetivos, porque tampoco es que seas muy hábil con las palabras. Eso sí, lo que nunca me has dicho y que definitivamente sería más atinado a mi situación actual, sería intolerante. Un adjetivo nuevo que puedes agregar a ese diccionario tuyo de páginas tan vacías, huecas y blancas.

Pues eso, que lo que pocos saben es que soy intolerante. Etiqueta impuesta por algunos otros que finalmente porto con orgullo. Etiqueta que he aprendido a abrazar, aceptar y hacerla mía, como si se tratara de una marca registrada. Lo soy y qué. Lo digo, lo reconozco y además, como si fuera poco, me siento orgulloso de serlo. Copyright.

Soy intolerante si eso significa, no permitir ciertas situaciones. Indignarme. No estar de acuerdo con otras y decirlo, porque aquí lo importante es que se diga, si no, qué caso tiene no estar de acuerdo.

Eso sí, la intolerancia, como todo, es nociva cuando se usa en exceso. Cuando es tanta que llega a tapar los oídos y te nubla el juicio. Cuando es imposible contenerla y sale en forma de puños o peor, de armas. Cuando eres intolerante por serlo, porque está de moda o porque hay algo dentro de ti tan podrido, que te vuelves totalitario, que no toleras nada, odias todo. Cuando te da la mejor pauta para el postureo puro y duro. Cuando siendo negro no te puedes sentar a la misma mesa que cualquier blanco. Y ojo que no hablo de color de piel, si no, de líneas de pensamiento. Porque ser intolerante no tiene que ver con ser irrespetuoso. Me podré sentar a comer con un taurino a la misma mesa, pero jamás iré a una corrida de toros. Podré no tener ninguna creencia religiosa, pero puedo acompañar a la gente que quiero a misa sin problema alguno.

Cuando tienes bien definidas las cosas que no eres capaz de tolerar, es cuando le pones límites. Lo utilizas en dosis justas. Lo recomendado por el médico, vaya. Y con recordatorio de anuncio de bebida alcohólica, todo con medida.

No hay persona o por lo menos no la he conocido que sea capaz de tolerar todo, y menos mal. Porque me gustan las personas intolerantes, me gusta la gente que sabe bien lo que no le gusta, lo que no podría ser capaz de tragar, los que dicen por aquí no camino. Me bajo del barco. Los que saben lo que no quieren, que son los que siempre estarán más cerca de lo que quieren de verdad.

Porque soy intolerante con algunas cosas, tampoco lo soy con todo lo que se me atraviesa. Y valoro a la gente con la que comparto el mismo defecto, me cae bien la gente que dice lo que no soporta, que tiene bien definido lo que no podría tolerar ni hoy ni nunca, porque te define mucho mejor lo que no te gusta que lo que sí.

Y luego vienen las personas que con toda la autoridad moral que creen tener me dicen que debo ser más tolerante, como si serlo me hiciera mejor persona. Como todos esos que toleran hasta lo inimaginable y siguen viendo todo desde el sillón, como si fuera un programa más que no les mueve ni un pelo. Un gran hermano Orwelliano traído a la realidad.

A final de cuentas creo que la tolerancia es el disfraz de la intolerancia, un acto de aguantar la existencia del otro mientras esté a una distancia prudente con tal de entrar en esos cajones de estacionamiento que la sociedad tiene apartados para nosotros.

Para dejar de ser intolerante, tendrá que mutar ese concepto a la empatía para poder llegar al entendimiento, pero, sobre todo, para ser tolerante, se tiene que querer serlo.

Imagino que lo que pasa es que los dos lobos que se pelean dentro de mí tienen nombre, uno se llama Popper y el otro Zizek.

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