Tres preguntas.

Dónde estamos. Lo pregunto porque últimamente no nos encuentro por ningún lado. Porque no hay rastro de nosotros, de lo que fuimos o de lo que intentamos ser. El singular se convierte cada vez más en varios plurales que ya no forman nada, ni frases, ni respuestas monosilábicas, nada.

Dónde estamos. Dímelo tú, si cuando busco una mirada que me diga sin palabras que me entiende, sólo encuentro tu frente. Miradas gachas que ya no observan ni por donde caminan, que la sorpresa ya no les dilata la pupila. Miradas que se han puesto las gafas oscuras de la cotidianidad.

Dónde estamos, que no nos veo. No queda rastro de lo que alguna vez fuimos o de lo que intentamos ser.

Qué nos pasó por encima que nos dejó esta cara de no querer seguir viviendo. Qué nos pasó de repente que nos borró todas las palabras de la boca y nos dejó una sonrisa de lado que no hace más que intentar llenar un silencio que, de un momento a otro, nos incomodó. Silencio que terminó enmarcando la distancia, que poco a poco se fue acomodando entre los dos. O los tres. O los cuatro.

Dónde estamos. Qué nos pasó. Cuándo nos perdimos.

Tres preguntas que retumban en mi cabeza con cada titular. Tres preguntas que no salen en el horario estelar, que no tienen oportunidad ni en el corte publicitario, pero que deberíamos hacernos de vez en cuando.

Dónde estamos. Qué nos pasó. Cuándo nos perdimos.

Qué nos pasó en Texas, en Houston, pero también en Noruega, en París, en Barcelona, en la mezquita del lugar que quieras. En casi cualquier estado de México y en casi cualquier parte del mundo. Y que ese casi no se sienta como que algo nos está salvando.

Dónde estamos viviendo, quién sigue, quién dispara, quién se esconde. Quién señala, quién culpa, quién hace y quién deja de hacer. Preguntarse quién, siempre será un buen inicio para definir el dónde. Preguntarse dónde estamos, para empezar a definir dónde queremos estar.

Mientras existan conceptos como supremacía blanca, racismo, feminicidio, homofobia, machismo o clases sociales. Grupos como el ku klux klan o los nazis -por hacer la lista finita-, nos lo deberíamos de preguntar tan seguido como sea posible y si no lo es, con mucha mayor razón. Mientras existan personas como el presidente de una de las naciones más poderosas del mundo que con una campaña basada en la exclusión, el odio y la idea de una raza original, -por no decir pura y que le terminemos llamando Adolf Trump- sea elegido de manera muy orgullosa por las personas a las que va a representar me seguiré preguntando, dónde estamos.

Mientras sigamos vanagloriando el poder que ejercemos sobre los más débiles. Mientras siga existiendo la diferencia que hace a unos sentirse más fuertes. Mientras sigamos poniendo el pie encima en lugar de ofrecer la mano. Mientras sigamos auto definiéndonos como unos o como otros, mientras ya no nos sorprenda nada y el dolor ajeno nos dé igual, me lo seguiré preguntando. Dónde estamos.

Mientras exista un Trump, un Andrés Manuel, un Vladimir, pero sobre todo gente que pretenda defenderlos con la espada del odio, me lo seguiré preguntando. La respuesta tal vez la encontremos a pesar de ellos, cuando empecemos a cambiar, cuando a pesar de la gente que nos quiere dividir, permanezcamos juntos.

Si los colores en la piel nos dividen y las distintas formas de pensar nos hacen odiarnos, eso es que nos hemos perdido, que no queda rastro de la palabra, humanidad.

Dónde estamos. Qué nos pasó. Cuándo nos perdimos.

O mejor dicho, qué nos dejó de pasar.

Pero sobre todo, cuándo nos volveremos a encontrar.

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