Treinta y tres.

Sería el nombre de mi disco si me llamara Luis Miguel. Afortunadamente para el mundo, no soy cantante.

Treinta y tres, los años que cumplo hoy. A veces podría decir que más a fuerza que por voluntad, pero luego me daría cuenta de que los he vivido con gusto, que los malos momentos son parte del paquete y que se necesitan de unos para que existan los otros. Como en todo. No puede existir un héroe sin su villano favorito. Nivelar la balanza. Que exista el negro para poder notar el blanco. Notar el blanco para poder ver el negro.

Treinta y tres años fueron los que me tardé en darme cuenta de que la vida es una puta, que a veces te cobra antes de que puedas llegar al orgasmo. Pero como toda una profesional, la mayoría de las veces te hace terminar.

Treinta y tres años me tardé en entender esa frase cantada por el maestro Serrat, todo pasa y todo queda. Todo. Las preocupaciones, las angustias, las risas y las sonrisas, a veces incluso las personas. Todo pasa y al mismo tiempo, quedan. Dejan su huella para que tú puedas ser más tú. Aplica para el que se va, pero también para el que se queda.

Por fin me di cuenta de que las personas que te quieren son esas que están, aunque no se los pidas. A veces incluso en contra de lo que creías que era tu voluntad. Pero es que son ellas precisamente las que saben reconocer en cualquier guiño que necesitas estar acompañado.

Treinta y tres años me tardé en darme cuenta de que tener la razón es otra forma de enterarte que sigues en tu zona de confort. Y yo terco con que no, perdón mamá. Perdón papá, pero es que me voy enterando.

Ahora sé que, si eres el que más sabe en una sala de juntas, entonces es el momento de cambiar de trabajo.

Me llevó treinta y tres años darme cuenta de lo bien que hacía al mantener mi distancia con la gente que no me hacía bien y hoy que vivimos en confinamiento, me siento más que entrenado para estar así, a distancia, con encierros involuntarios, pero, sobre todo, con los voluntarios. También me di cuenta de que la soledad es exquisita, pero pierde su encanto cuando es impuesta.

Que la política, la religión y el fútbol no debería ser más que un entretenimiento para la sobremesa y eso sí, cuando los decibeles empiezan a aumentar, lo mejor será servir otra copa y cambiar de tema. Porque nada vale más que la compañía de los que amas.

Treinta y tres años me tardé en encontrar en el silencio una de las mejores canciones de cuna, ya tengo otra, además de la lluvia.

Descubrí lo interesante e intenso que es dedicarte a amar, tengas pareja o no. Vivir enamorado, hasta del amor, será siempre una manera de sonreír sin motivo aparente.

Treinta y tres años me tardé en darme cuenta lo bien que me hace la risa de los demás.

Que odiar no está mal, al contrario, es necesario para poder constatar el amor.

Lo mucho que me gusta el número tres. Tanto que hoy me salió repetido en las velitas del pastel.

Que hay cosas por las que te puedes preocupar, por muy tonto que parezca. Por muy inútil que sea ese sentimiento. Pero siempre habrá otras de las que te puedas ocupar y a esas sí hay que prestarles toda tu atención y energía. Que una pandemia viene a demostrar que lo verdaderamente valioso está dentro, sí, sí, dentro de casa, pero también de nosotros mismos. Que antes de asomarte por la ventana, bien vale mirar esas cuatro paredes que son capaces de hablar, solamente hay que aprender a escuchar.

Treinta y tres años me tardé en aprender el doloroso arte de decir adiós, incluso antes de poder decir hola.

Treinta y tres años me tardé, o no. Porque también me di cuenta de que todo llega en el momento justo, no antes y tampoco después.

Justo como los cumpleaños.

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