Qué necesidad.

Regresamos. O mejor dicho, me hicieron regresar a la normalidad de la que habíamos salido. La normalidad de la que sentí escapar cuando todo esto pasó. El encierro físico por fin hizo juego con el emocional y entonces me sentí en mi hábitat. Mi espacio seguro. El lugar en el que podía evitar todo lo que quería evitar sin tener que acudir a los audífonos o a las gafas de sol. Nadie podría reprochar mis malas caras ni mis malos modos. Es que siempre me pierden los modos.

La interacción social nunca ha sido mi fuerte, me da más bien por esquivar toda relación forzada. Cualquier buenos días, con cara de todo lo contrario. Cualquier cómo te va, sin ganas de escuchar la respuesta. Y así, de lejos y sin prender la cámara de mi lap, se me daba mejor el tolerar a otros y que los otros me tuvieran que tolerar.

Pero ahí vamos de vuelta, regresar por regresar. Es que no lo entiendo. Qué necesidad. Lo pregunto en serio.

Volvemos a las horas perdidas detrás de un volante que nadie nos va a regresar. Al tener que hacer en una oficina, lo que podríamos hacer desde el hogar. Y yo me pregunto, qué necesidad. A lo mejor es por mi rechazo al ruido, el auditivo, el visual y los que se le quieran sumar.

Con lo que me cuesta hacer lo que tengo que hacer, así, la obligación que le da por ponerse en contra de la voluntad.

El punto es que detesto el ruido y el escándalo. Ese que llega sin pedir permiso, retumbando en las paredes y sacando de quicio mi paz mental. Ese que se me muerde el oído y me regala un sobre salto de los que dan coraje. De esos que te dejan la mano a medio viaje de un revés.

Detesto el ruido y el escándalo, que no son lo mismo. Lo que te escandaliza te define, pero también te da la posibilidad de renovarte. Si le quitas la envoltura podrás encontrarte con un por qué, tan grande que puede que te haga ruido por dentro y termine convirtiéndose en un por qué no. Y es que los sonidos, como todo, son vibraciones. Y a mí, hay sonidos, sobre todo los externos, que no me vibran ni tantito.

El ruido es esa barrera que no te permite conectar.

O a lo mejor lo que pasa, es que me gusta el silencio.

Me gusta el silencio donde me puedo escuchar, donde no siento que me sofoco. Ese espacio libre, abierto, que no me causa la claustrofobia que me genera la burbuja de ruido que a veces me encierra e incluso, me hace querer cerrar los ojos, como si así fuera a desaparecer.

Me gusta escuchar lo que yo elijo, que el escándalo que ronde por mi cabeza sea el mío, no el que pretenden imponer los que no tienen idea del espacio que logran invadir con sus palabras, con su música, con las letras cantadas a medias en otro idioma que no es capaz de acercarse a ningún dialecto. Detesto a los que de cualquier manera quieren que el mundo se entere de su existencia, sobre todo para los que lo hacen a pesar de los demás.

No falta el que lanza la primera piedra acusando de que nos hemos hecho adictos a la pandemia, negándonos a volver a vivir. Nada más alejado de la verdad, lo que pasa es que hemos encontrado otra forma de vida. Descubrimos otra forma de hacer lo que ya hacíamos desde otra comodidad. Alejándonos del ruido ajeno y encerrándonos en el propio. Que no está nada mal.

Me gusta el silencio, el que se da entre dos personas cuando se miran a los ojos.

El silencio que se abre espacio para escuchar al que decide hablar.

El que envuelve un secreto.

El silencio elegido, no el impuesto. Porque también hay que decirlo, el silencio es un arma de doble filo que habrá que cuidar.

Me gusta el silencio que le sigue a la pregunta, qué necesidad.

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