Para lujos, ésta.

Hace mucho que empecé a anteponer mi paz mental a cualquier cosa. Si supieras cuándo empecé y después de pasar por dónde, podrías decir que fue algo tarde, yo diría que fue a tiempo. Otros dirían que menos mal.

El día que dije basta fue porque los ojos no me daban para más, se cerraban cual cortina de tienda pesada y recién engrasada. La lengua se desconectó por completo de mi cabeza y mi cabeza, chulada, no dejó de dolerme en un mes aproximadamente. Mi salud mental afectaba a la física y la física dejó de tener sentido en mi existencia. Mis relaciones personales, de por sí escasas, empezaron a ser inexistentes. De vez en cuando Netflix me arrullaba después de una cerveza y en eso radicaba mi fin de semana. Pero eso sí, compré la idea de que mi trabajo debía ser así, porque así es la vida de un publicista.

Si a esto le agregas el haber crecido con la idea de que el trabajo es lo primero y lo más importante y que si hay que quedarse hasta las tantas de la madrugada, pues nos quedamos, se jode más la cosa. Porque el trabajo es prioridad. Primero lo que deja, después lo que apendeja. Diría casi cualquiera de mis abuelos. Pues no. Que para eso sirven los basta ya. Los no más. Frases cortas con un alto contenido de libertad. Pequeños lujos, dirían algunos.

La falta que nos hace poner un hasta aquí, también en los trabajos, sobre todo ahora que trabajar desde casa, hace que algunos jefes, clientes y demás personas con medio dedo de frente y un IQ de media cifra, sientan que pueden disponer de nuestro tiempo veinticuatro siete, como si fuéramos máquinas expendedoras. Que para eso nos pagan. Que si no lo haces tú, otro más lo hará. Que tenemos toda la noche. Que aprovechemos la comodidad de nuestro hogar. Qué se jodan.

Porque es hora de entender que la vida es más que lo que nos da de comer, que hay otras cosas que te alimentan otras partes. Están las que te alimentan el alma, diría mi hermano en medio de una discusión familiar para dejarnos a todos callados. Pensando. Analizando y después volviendo a ensimismarnos, recordando que había trabajo por hacer.

Ya sé, ahora me vas a decir que debería de dar gracias por tener trabajo. Que hay muchos otros que ya quisieran, pero a mí, nunca me ha consolado la desgracia ajena. Lamento la situación de tantos, pero cada quien sus quejas. Existen tantos buzones de quejas y sugerencias como personas en el mundo.

El día que descubrí que se podía trabajar, hacerlo bien y además tener vida propia, para empezar, no podía creerlo. Después, creí que eso, era un lujo. Tan mal acostumbrados estamos que pensamos que ese concepto es sólo para unos cuantos o que por lo menos debería de serlo. Que tener tiempo para ti, es un lujo que no se pueden dar todos. Aunque deberían, porque así mejora la calidad de vida y con ella, tu estado de ánimo, tu salud mental y física, el tiempo en familia y una cantidad de etcéteras que seguramente no nos atrevemos a imaginar con tal de evitar el antojo.

Es muy probable que escriba desde el beneficio. Y que de aquí quieras hacer leña, aunque no exista ningún árbol caído. Porque yo me puedo dar el lujo de reclamar tiempo para mí. Porque me puedo dar el lujo de quejarme cuando me piden empezar un proyecto a las doce de la noche o de mentarle la madre a un innombrable que después de veintitrés horas seguidas de trabajo, se atreve a pedir que hagamos un esfuerzo.

Sí, tal vez a cualquiera le pueda parecer un lujo que me dé tiempo para estar con mi familia, para tomarme una taza de café mientras leo algunas páginas, que duerma a una hora decente, que procure hacer ejercicio. Tal vez para algunos sea un lujo, a mí me da por llamarle calidad de vida, otros lo llaman derecho a la desconexión.

Tal vez lo que sí sea un lujo sea escribir esta hoja.

Y atreverme a publicarla, un descaro.

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